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El despertar del placer

El despertar del placer

El deseo no tiene edad: lo que nunca nos contaron a las mujeres.

Durante mucho tiempo nos hicieron creer que el deseo tiene fecha de caducidad. Que el placer pertenece a una etapa concreta. Que hay un momento en el que se apaga. Que el cuerpo deja de sentir… o peor aún, que debería dejar de sentir.

Y muchas lo hemos creído. No porque fuera verdad, sino porque fue repetido tantas veces, de tantas formas, que terminó instalándose en nuestro cuerpo como una verdad silenciosa. Pero no lo es.

El deseo no desaparece con la edad. El placer no se pierde. La energía femenina no se agota.

Lo que ocurre… es que se bloquea. Se esconde. Se reprime. Se desconecta. Y no siempre sabemos por qué.

Cuando sentimos que “algo no va bien” A veces pensamos que nos pasa “algo”. Que hay algo en nosotras que no funciona como debería.

Que nuestro cuerpo ha cambiado… pero no solo físicamente, sino también en cómo siente, en cómo responde, en cómo se abre , o no se abre, al placer.

Y eso genera mucha confusión. Porque no siempre es evidente. No siempre hay una causa clara. No siempre hay un momento concreto que podamos señalar y decir: “aquí empezó todo”. Y entonces la mente busca respuestas.

Pensamos que quizá vivimos alguna experiencia en el pasado que nos marcó… aunque no la recordemos con claridad.

Porque sabemos, de alguna manera, que el cuerpo guarda memoria. Que no todo lo que vivimos queda en la mente consciente. Que hay vivencias que se quedan registradas en el sistema nervioso, en los tejidos, en la forma en la que reaccionamos sin darnos cuenta.

Y eso puede generar una sensación muy concreta: La de sentir que algo ocurrió… pero no saber qué fue.

Otras veces pensamos que quizá no fue algo que nos pasó directamente, sino algo que vimos, que escuchamos, que absorbimos sin darnos cuenta.

Una escena. Un comentario. Una educación basada en el miedo o en la vergüenza. Una forma de hablar del cuerpo como algo que había que tapar, controlar o corregir.

Pequeños impactos… aparentemente insignificantes, pero que se van acumulando. Porque cuando somos niñas y también adolescentesno, tenemos filtros.

Todo entra. Todo se registra. Todo deja huella. Y muchas veces esas huellas no se reconocen como “traumas”, pero sí condicionan profundamente la forma en la que luego vivimos nuestro cuerpo, nuestra sexualidad y nuestro placer.

Por eso, cuando de adultas sentimos desconexión, bloqueo o dificultad para disfrutar, intentamos encontrar una explicación lógica. Y al no encontrarla… aparece la duda. “¿Por qué me pasa esto si en teoría está todo bien?” “¿Por qué no siento lo que creo que debería sentir?” “¿Por qué me cuesta soltarme, abrirme o disfrutar?”

Y ahí, sin darnos cuenta, muchas veces aparece la autoexigencia… o incluso la culpa. Como si hubiera algo que deberíamos haber resuelto ya.

Como si el problema fuera nuestro. Pero hay algo muy importante que necesitamos comprender: No todo lo que nos bloquea nace de una experiencia evidente. No todo tiene que venir de un evento claro o recordado.

Porque hay memorias mucho más sutiles. Memorias que se construyen poco a poco. Memorias que no hacen ruido. Memorias que se integran sin que nos demos cuenta. Y aquí es donde se abre otra capa aún más profunda.

Lo que heredamos sin darnos cuenta, No solo heredamos rasgos físicos, gestos o formas de vivir.

También heredamos memorias. Memorias emocionales. Memorias del cuerpo. Memorias del silencio. Durante generaciones, el cuerpo femenino ha sido juzgado, limitado, reprimido, controlado. El placer ha sido asociado a culpa. El deseo a peligro.

La sexualidad a algo que debía esconderse o vivirse desde el deber… no desde el gozo.

Y todo eso… no desaparece sin más. Se queda. Se transmite. Se instala en la forma en la que respiramos, en cómo nos movemos, en cómo habitamos nuestro cuerpo, en cómo nos permitimos, o no, sentir.

Por eso, muchas veces, sin entender por qué, sentimos desconexión. No es falta de deseo. Es falta de permiso. No es que el cuerpo haya dejado de responder. Es que aprendió a cerrarse.

El deseo no ha desaparecido. El placer no se ha perdido. Simplemente… está esperando.

Esperando a ser escuchado. Esperando a sentirse seguro. Esperando a recibir el permiso que durante tanto tiempo no tuvo.

Porque así como heredamos memorias, también podemos transformarlas. Podemos abrir espacios donde antes hubo cierre. Podemos sentir donde antes hubo bloqueo.

Podemos recuperar el placer donde antes hubo silencio. Una nueva forma de vivir la energía femenina

Y esto no tiene nada que ver con la edad. De hecho, muchas veces ocurre justo al contrario. Cuanto más vivimos, más capacidad tenemos de sentir desde un lugar más profundo, más consciente, más libre. Una sexualidad menos condicionada.

Un placer menos superficial. Un deseo que ya no nace desde fuera… sino desde dentro. Una energía que no busca encajar… sino expresarse. La energía femenina no desaparece con los años. Se transforma. Se afina. Se vuelve más sabia.

Pero necesita algo esencial: Presencia. Escucha. Permiso. Permiso para sentir. Permiso para desear. Permiso para disfrutar sin culpa.

Reescribir la historia El verdadero cambio no ocurre cuando el cuerpo “vuelve a funcionar”. Ocurre cuando dejamos de luchar contra él. Cuando dejamos de pensar que algo está mal en nosotras. Cuando entendemos que no somos el problema… sino el resultado de una historia que ahora podemos reescribir. Y en ese momento, algo se abre.

No como antes. No desde la urgencia. No desde la exigencia. Sino desde un lugar mucho más profundo. Más real. Más libre. Más nuestro. Porque el deseo no tiene edad. Pero sí tiene memoria. Y cuando empezamos a mirarla… también empezamos a liberarla. Son muchos años. Muchos años de represión. Muchos años de tabús. Muchos años de creencias que nos enseñaron a desconectarnos de nuestro cuerpo, a silenciar el deseo, a vivir el placer desde la culpa o desde el miedo.

Generaciones enteras aprendiendo a cerrarse. Y por eso… esto no es algo que se cambie de un día para otro. No es una moda. No es una técnica. No es algo superficial.

Es un regreso. Un regreso a tu cuerpo. Un regreso a tu verdad. Un regreso a una parte de ti que nunca desapareció… solo estuvo esperando.

Y en ese camino, hay algo que es importante recordar: No lo estás haciendo solo por ti.

Cada vez que eliges abrirte en lugar de cerrarte… cada vez que eliges sentir en lugar de bloquear… cada vez que eliges darte permiso en lugar de juzgarte… estás moviendo algo mucho más grande que tu propia historia.

Porque dentro de ti no estás solo tú. Están las mujeres que vinieron antes. Sus silencios. Sus miedos. Sus renuncias.

Y también… las que vendrán. Las que aprenderán a través de ti que su cuerpo no es un lugar de culpa, sino de vida.

Que su deseo no es algo que esconder, sino algo que honrar.

Que su placer no es peligroso, sino profundamente sanador.

Y quizás nadie te enseñó esto.

Pero hoy puedes empezar tú. Porque cuando una mujer se libera de lo que la ha limitado durante generaciones… no solo cambia su vida.

Cambia el linaje.

Y liberándote tú… liberas a tus hijas.


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Mariló Sánchez | Metagenética Femenina
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